Se atreven a seguir mis locos desmadres...

lunes, 21 de junio de 2010

“No teno bigote. Soy igualito a mamá”

“¡Ave María, si salió caga’ito a tu marido!” Esas fueron las primeras palabras de “El Titán” -mi ginecólogo- cuando sacó a Mi Hijo Favorito de los Menores de la casita temporera que le dí durante sus nueve primeros meses de existencia.

Nació con el pelo negrísimo, fino y tipo “punk”. Con las caderas fuera de sitio, un reflujo que le provocaba los más espantosos vómitos tipo proyectil, y una actitud de siete pares de cojones que requería de cuidados especiales. Y cuidados especiales tuvo. Su padre le habilitó el Moisés, y luego la cuna para que se mantuviera elevado. De día, yo lo cargaba en una especie de mochila que en aquella época se llamaba Kangoroo. Tan pronto pesó 18 libras, el bolso de canguro le tocó al padre. Y limpiar las vomiteras también.

Mientras más crecía el muchachito, más se parecía a su padre: pelo y ojos negrísimos, nariz y labios… igualitos. Era un clon en el que se repetían la forma de la cabeza grandota, la piel acanelada, espalda ancha y poco después se replicaba la forma de caminar y los gestos.

Cuando tuvo uso de razón prematuro descubrió que su padre se inflaba de orgullo cuando la gente se admiraban del parecido de ambos. Travieso desde chiquilín, se percató que causaba risas cuando insistía en que se parecía a Mamá. “¿Y ese pelo tan negro?”, “Como el de Mamá.” “¿Y los ojos tan negros?” “Como los de Mamá.” “ ¿Y esa piel tostadita?”, “Como la de Mamá.” Y por si las dudas que cabello claro, ojos verdes y piel blanca de Mama lo hacían menos hijo mío, se me pegaba del regazo e insistía ya furioso, “No teno bigote. Soy igualito a mamá”.

Superada la condición de las caderas, el muchachito resultó ser tan atlético como el padre. Víctima de las amenazas del niño que rechazaba su genética, el padre de la criatura que insistía en parecerse a su mamá, se vio forzado a hacer de coach del equipo de baloncesto. “Si no eres el coach, no juego”, le dijo con descaro y obvio chantajeo. Jugador y dirigente eran como dos gotas de agua, uno en grande y otro en chiquito. Al ganar el campeonato, le grabaron el nombre del niño al trofeo del padre.

Deportista y súper activo como el padre, era de los niños que juegan y sudan, de los que corren y se ensucian. Baloncesto, bici, pisa y campo… igual que el padre. Llegó en momento en el que Súper Papa dejó de hacerle caso al asunto del parecido a la madre. Sólo entonces el Segundogénito dejó de molestarlo. Al fin de cuentas, ¿quién lo llevaba a los Boys Scouts los viernes en la noche mientras otros padres estaban de Viernes Social? ¿Quién lo apoyó cuando se emperró en tocar charango, y luego trompeta? Súper Papá. ¿Quién le permitió tomar la licencia de conductor más temprano que el hermano mayor? ¿Quién lo instó a trabajar antes de tener edad reglamentaria?

En escuela superior, cuando las hormonas gritaron que ya era más que obvio el parecido con Súper Papá, se acurrucaba en mi regazo -y picarón- guiñaba el ojo y decía que se parecía a Súper Papá, pero que para no herirme seguiría diciendo que era a mí.

Ahora quiere tener bigote y barba… que todavía no asoman. Quizás se parece a Mamá…

¡Feliz Día de los Padres mi amor!

*Publicó en duplicado por razones especiales en A Cualquiera le Sucede, blog hermano; los comentarios particulares quedan en cada uno.

(Foto, x Cass, del álbum familiar)

4 comentarios:

Mayo dijo...

Jaja!
Entonces uno no se parecía y el otro sí. Pues es un apenita porque los niños se acomplejan protno por ese tipo de detalles. Pero que bueno que ya ambo estpan bien grandotes y saben que eso no influye en cómo los ven y los quieren, sobretodo ustedes sus padres.
Un beso.

Soñadora dijo...

Que bonitas anécdotas las que compartes amiga, se nota de verdad que tienen un Super Papá!
Besitos,

Cassiopeia dijo...

Mayo, ellos decidieron que el que no tiene el físico de su padre, tiene el caracter y el otro, se parece al padre, pero tiene mi maaaaaal genio!

Y todos felices.

Cassiopeia dijo...

Soñadora... sobre todo... es paciente!