
Sin estudios formales en astronomía, mis padres siempre supieron que las tres estrellitas que veíamos hasta en las noches nubladas, eran las de los Tres Reyes Magos. No había forma de confundirlas. Eran las más brillantes y estaban en fila diagonal, listas para bajar directito del Cielo hasta casa.
La conmoción empezaba el 1ro. de enero, cuando ellos celebraban su aniversario de bodas. Me imagino que así no se opacaban las Misas de Aguinaldo, la Misa de Gallo, el Día de Navidad, el de los Santos Inocentes, ni la noche de Año Viejo, cuando papi se vestía de viejito decrépito para esa última Misa.
A partir del 1ro. de enero había que tener listas las cartas para Gaspar, Melchor y Baltasar (en ese orden específico). Sólo se podía pedir un juguete. Para el 25 de diciembre no se pedía nada, pero sabíamos que los regalos serían ropa, y zapatos. En mi caso, sólo zapatos y ropa interior. No había Dios que me trajera ropa. Mis vestidos tenían que ser hechos por mami porque yo era tan flaca que parecía dos ojos con trenzas... y cuatro hilos por extremidades.
Las cajas de los zapatos eran importantes. Había que forrarlas con lo que sobrara del papel de los “regalos del Niño Jesús”. Ya decoradas, las llenábamos de yerba fresca la noche del 5 de enero. Con las cajas en la mano mirábamos las Estrellas de los Reyes llenos de ilusión y seguros de que nos traerían un “juguete sorpresa” que casi nunca era el peticionado en la cartita.
Muchos años después –sin trenzas, con piernas torneadas y conocimientos rudimentarios de astronomía- le hicimos la misma historia de las estrellas a nuestro primogénito... que todavía hoy, a los 25 años, tiene su caja decorada. Claro, es la cajita de los zapatos que calzaba a los 10!.
A esa edad –creo- el Internet lo llevó a que me dijera que las tales “Estrellas de los Reyes” eran parte de una constelación.
“Shhh!”, le dije. “No se lo digas a tus abuelos, que ya cada estrella tiene nombre: Gaspar, Melchor y Baltasar”.
Hoy, su abuela no se come el cuento. Ella está al ladito de los Reyes. Es otra de las estrellas de la misma constelación, que aunque pasen 100,000 años, siempre brillará.
* (Publicada originalmente en A Cualquiera le sucede el 4 de enero de 2010)