Se atreven a seguir mis locos desmadres...

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jueves, 6 de enero de 2011

"Las estrellas de mis Reyes Magos de Oriente" *

Sin estudios formales en astronomía, mis padres siempre supieron que las tres estrellitas que veíamos hasta en las noches nubladas, eran las de los Tres Reyes Magos. No había forma de confundirlas. Eran las más brillantes y estaban en fila diagonal, listas para bajar directito del Cielo hasta casa.


La conmoción empezaba el 1ro. de enero, cuando ellos celebraban su aniversario de bodas. Me imagino que así no se opacaban las Misas de Aguinaldo, la Misa de Gallo, el Día de Navidad, el de los Santos Inocentes, ni la noche de Año Viejo, cuando papi se vestía de viejito decrépito para esa última Misa.


A partir del 1ro. de enero había que tener listas las cartas para Gaspar, Melchor y Baltasar (en ese orden específico). Sólo se podía pedir un juguete. Para el 25 de diciembre no se pedía nada, pero sabíamos que los regalos serían ropa, y zapatos. En mi caso, sólo zapatos y ropa interior. No había Dios que me trajera ropa. Mis vestidos tenían que ser hechos por mami porque yo era tan flaca que parecía dos ojos con trenzas... y cuatro hilos por extremidades.


Las cajas de los zapatos eran importantes. Había que forrarlas con lo que sobrara del papel de los “regalos del Niño Jesús”. Ya decoradas, las llenábamos de yerba fresca la noche del 5 de enero. Con las cajas en la mano mirábamos las Estrellas de los Reyes llenos de ilusión y seguros de que nos traerían un “juguete sorpresa” que casi nunca era el peticionado en la cartita.


Muchos años después –sin trenzas, con piernas torneadas y conocimientos rudimentarios de astronomía- le hicimos la misma historia de las estrellas a nuestro primogénito... que todavía hoy, a los 25 años, tiene su caja decorada. Claro, es la cajita de los zapatos que calzaba a los 10!.


A esa edad –creo- el Internet lo llevó a que me dijera que las tales “Estrellas de los Reyes” eran parte de una constelación.


“Shhh!”, le dije. “No se lo digas a tus abuelos, que ya cada estrella tiene nombre: Gaspar, Melchor y Baltasar”.


Hoy, su abuela no se come el cuento. Ella está al ladito de los Reyes. Es otra de las estrellas de la misma constelación, que aunque pasen 100,000 años, siempre brillará.


* (Publicada originalmente en A Cualquiera le sucede el 4 de enero de 2010)

”El beso de Melchor” *

Salvador Tió no fue precisamente autor de libros de cuentos para niños. Sin embargo en su libro “Por la cuesta del viento, Relatos de Navidad”, nos regala 3 deliciosos cuentos para la población enana: “La Corneta”, “Estampa de Año Nuevo”, y ”El beso de Melchor”.


El beso del Rey Negro toma particular importancia esta noche de Reyes, cuando los Magos de Oriente bajan de las estrellas, se hacen chiquititos y llegan hasta las habitaciones de los niños para recoger las cajitas con la yerba que alimentarán a sus cansadas bestias (a veces camellos, en otras, caballos). Durante la noche del 5 de enero, los Magos de Oriente dejan los regalos al pie de la cama, y le plantan un beso a cada una de las personas de la casa.


En el cuento, de corte autobiográfico, don Salvador recuerda el desprecio que sintió por su amigo Mingo el día que le dijo que los Reyes Magos no existían. Narra que su inquietud ante tal interrogante subió a las más altas esferas hogareñas: a la negra Teya, que lo crió y por supuesto, a su madre.


Cuenta don Salvador que esa noche Teya –cual oráculo “in house”- le describió al detalle cómo era cada Rey Mago y hasta cual se bajaría primero del camello. Se complació al describir a Melchor, representante de su raza: “el más noble”, “el más poderoso” y el que viajaba del confín más lejano. El cónclave le devolvió al niño Salvador la esperanza y la ilusión en los Reyes Magos.


“Eta noche veráj si hay reyej o no hay reyej. Eta noche veráj...”, le dijo Teya antes de que Salvador se rindiera al sueño.


Al otro día, por supuesto, cantó el gallo al amanecer –como todos los días-; y como todos los Días de Reyes había regalos, y la yerba había desaparecido. Pero la evidencia de que los Reyes Magos existían estaba en su frente. Aunque pareciera un manchón del tizne de un corcho quemado, era el beso de Melchor.



* (Publicada originalmente en "A Cualquiera le sucede", el 5 de enero del 2010)


(Foto por Cass)