
“Culebrones”, le dicen en España. Acá, honestamente, la palabra suena a cosa fea. Nosotros le decimos “novelas”. Y “noveleros”, tanto a los chismosos como a los “culebroneros”.
De todas formas, les cuento a ustedes -Hijos de mis hijos y nietos de mi esposo- un capitulo feo y cochino de nuestra historia familiar.
Al asumir el mando de la cocina para que nuestros hijos y yo no muriéramos de hambre al llegar a casa en las noches, mi esposo encendía un pequeño televisor para “no sentirse solo”. Entre las 7:00 y las 9:00 de la noche casi todos los canales pasaban novelas de amor, de despecho, de falsas ilusiones; de epoca, en escenarios naturales, fastuosos o low budget; sensuales, idiotas; con buenos actores, con aspirantes a camerinos… en fin…
Hubo una época en la que “Gata Salvaje” y coincidía con nuestra llegada a casa. Revoltosos y dispuestos a seguir con la serie de bromas que mantuvimos para sobrevivir el congestionado trayecto, los chicos y yo eliminábamos el volumen del culebrón (¡ya me gusta la palabra!), y con la tele en mute, nos inventábamos las voces y los parlamentos más absurdos. Nos reíamos tanto que su padre no se molestaba.
Si la pareja se iba a besar, decíamos atrocidades como “mi amor, no usaste Listerine y la boca te apesta a cebolla cruda con sardinas en aceite de oliva”; si se abrazaban, “eso es mi amor, límpiate los mocos en mi cuello, se siente delicioso”.
En la cocina, las cochinadas eran pura herejía; así que el jueguito no se extendió por mucho tiempo… so pena de matarnos de hambre.
Sin embargo, todavía nos miramos a los ojos, encorvamos los dedos como garras, los arrastramos suavemente por el pecho del que esté más cerca… y decimos “grrrrr… gata salvaje”. ¡Qué mal! Hasta donde yo tengo entendido, son los perros los que dicen “grrrrr”. Pero como es en mute… ¡no importa!
¡Larga vida a los noveleros-culebroneros de casa!